Nazareno Rodríguez
Un gol de Palhinha ante Everton tapó el precipicio, pero no cambió el diagnóstico: tres técnicos, diecisiete derrotas y una directiva que promete un reset mientras administra sus propias ruinas
Esto no fue una salvación. Fue una condena con prórroga.
Tottenham cerró la temporada 2025/26 en el decimoséptimo puesto, el mismo lugar que ocupó doce meses atrás, como si la tabla de posiciones fuera una pesadilla recurrente de la que nadie en Hotspur Way tiene la llave para despertar. La permanencia llegó de la única forma posible en este club: en el último segundo, con el corazón en la boca y el nombre de West Ham en las pantallas del estadio más caro del mundo. No hubo mérito colectivo. Hubo suerte, un tanto de un mediocampista cedido y la incompetencia catastrófica del rival. Bienvenidos, otra vez, al único título que esta directiva sabe conquistar.
El tramo final: Leeds, Chelsea y la misericordia de Everton

El partido ante Leeds United fue el resumen perfecto de esta temporada: un equipo capaz de lo mejor y lo peor dentro de los mismos noventa minutos, siempre eligiendo lo segundo cuando más importa. Mathys Tel marcó un golazo al inicio del segundo tiempo. Era la oportunidad de poner cuatro puntos de distancia con los perseguidores y entrar al último fin de semana con algo parecido a la dignidad. Duró veinticinco minutos. El mismo Tel, en un intento de despeje acrobático, pateó a Ethan Ampadu en la cabeza y le regaló al árbitro el penal que Dominic Calvert-Lewin convirtió sin piedad. Así es Tottenham en 2026: el verdugo de sí mismo, incapaz de sostenerse cuando la victoria ya tiene nombre.

Cuatro días después, Stamford Bridge recibió a los Spurs para la visita número cuarenta y uno consecutiva sin victoria. No es una racha. Es una condición médica. Desde 2018, cuando Dele Alli firmó una remontada que hoy pertenece a otro club y a otra dimensión, Tottenham no sabe ganar ahí. Enzo Fernández abrió el marcador con una volea de otra galaxia, Andrey Santos sentenció el 2-1 y la historia se repitió con la puntualidad de una tragedia griega bien ensayada. Roberto De Zerbi salió del Bridge con las manos en los bolsillos y el descenso todavía acechando desde los pasillos.
Entonces llegó el domingo. Llegó Everton. Llegó Joao Palhinha.

El centrocampista portugués, el mismo que rescató tres puntos ante Wolverhampton cuando nadie más podía, marcó a los cuarenta y tres minutos con un toque indigno de un mediocampista defensivo y digno de un milagro. West Ham ganó su partido, pero no alcanzó. Tottenham fue decimoséptimo por segundo año consecutivo. En el estadio más imponente de Inglaterra, sesenta mil personas festejaron como si hubieran ganado algo.
La anáfora del reset eterno
Nos prometieron un reset. Nos prometieron inversión, liderazgo y jugadores con la «robustez física» que exige la Premier League. Nos prometieron que el centro de entrenamiento, hoy parecido —según el propio Venkatesham— a «un hotel cinco estrellas», se convertiría en un verdadero «entorno de rendimiento». Nos prometieron que el mercado de verano sería crítico, diferente, definitivo. Nos lo prometieron después de terminar decimoséptimos la temporada pasada. Nos lo vuelven a prometer ahora.
Vinai Venkatesham lo dijo a la BBC con la serenidad de quien nunca rinde cuentas: «el plantel necesita trabajo y no tiene el balance correcto». Cuatro años en el cargo para arribar a esa conclusión. Peter Charrington, el presidente no ejecutivo, firmó una carta a los hinchas en la que sostuvo que «esta temporada estuvo muy por debajo de lo que Tottenham Hotspur exige». Una frase que, leída dos veces, suena más a una inscripción que a promesa. ¿Quién construyó el equipo que cayó por debajo de ese estándar? ¿Quién contrató a Thomas Frank, a Igor Tudor, a Johan Lange? ¿Quién dejó escapar a Eberechi Eze, a Morgan Gibbs-White, a Savinho —quien ahora vuelve a figurar como objetivo de mercado, como si la primera vez hubiera sido un ensayo general? Las cartas nunca responden esas preguntas. Las cartas solo prometen.
El documento de acusación

Tres técnicos en un año. Diecisiete derrotas. Tres victorias de local en toda la temporada. Ciento dieciocho días sin ganar un partido de liga. Una nota E de The Athletic. Un «sad state of affairs» de The Guardian. Una eliminación en octavos de Champions contra Atlético de Madrid con un global de 5-7 que expuso, una vez más, la falta de planificación en puestos críticos. La rodilla de Cristian Romero rota ante Sunderland. Xavi Simons, el fichaje más caro del verano, con los ligamentos rotos desde abril. Dejan Kulusevski, sin jugar un solo minuto en toda la campaña.
A su vez, De Zerbi expresó después del partido ante Everton que solo diez, once o doce jugadores merecen quedarse la próxima temporada. Es la frase más honesta pronunciada en Hotspur Way en todo el año. También es la más aterradora: porque revela, sin querer, que quienes construyeron este plantel lo hicieron mal, a sabiendas, durante años. Y que la solución propuesta es desmantelarlo casi por completo para empezar, otra vez, desde cero.

Micky van de Ven lo dijo sin rodeos: la situación fue «inaceptable». No fue un técnico el que lo dijo. Fue el vicecapitán.
El pozo sigue ahí
Tottenham sobrevivió. Tottenham fue decimoséptimo dos veces seguidas. Tottenham celebró en el estadio más costoso del planeta el equivalente futbolístico de no reprobarse, con West Ham hundido en la Championship por dos puntos y una diferencia de gol que solo puede describirse como el margen entre la desidia propia y la catástrofe ajena.
En los despachos, Venkatesham y Lange ya ultiman los detalles del «reset completo» con la misma parsimonia con la que gestionaron el colapso. Los mismos que no pudieron cerrar a Gibbs-White,
que dejaron escapar a Eze, que nombraron a Tudor cuarenta y cuatro días antes de su inevitable destitución, ahora prometen reconstruir desde los cimientos. De Zerbi tendrá su mercado, dicen. Habrá inversión, dicen. Esta vez será diferente, dicen.
El pozo siempre estuvo ahí. Esta temporada, el agua llegó hasta la cintura. La pregunta no es si alguien tuvo la decencia de construir una escalera. La pregunta es si los que llevan años cavando tienen pensado dejar de hacerlo.

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