Nazareno Rodríguez
Tras arrastrarse por el fango de la Premier League con una histórica racha de 15 partidos sin victorias en este 2026, Tottenham logró asomar la cabeza fuera de la zona de descenso. Con triunfos agónicos ante Wolverhampton y Aston Villa en las últimas semanas, los dirigidos por Roberto De Zerbi encontraron oxígeno, pero a un costo altísimo: una enfermería colapsada que ahora hospeda a pilares como Cristian Romero y Xavi Simons. Una salvación matemática soñada que, más que una posible resurrección, funciona como un cosmético para maquillar el colapso de una dirigencia empeñada en administrar escombros.
Sunderland y el debut de Roberto De Zerbi: El día que Tottenham perdió a Cristian Romero

La historia de este calvario reciente encuentra su génesis en un bautismo de fuego que nadie envidiaría. Roberto De Zerbi aterrizó en Hotspur Way con la promesa de devolverle al club su añorada identidad ofensiva, pero el descenso, personificado en la figura de un Sunderland implacable, le susurró al oído que las pizarras tácticas de autor no sirven para caminar sobre arenas movedizas. En su debut oficial en aquel 12 de abril, Tottenham cayó 1-0 en el Stadium of Light tras una estocada de Nordi Mukiele al minuto 61. Sin embargo, la verdadera tragedia para la institución no fue la pérdida de los tres puntos, sino la de Cristian Romero. El capitán se rompió la rodilla, abandonando la nave justo cuando el agua le llegaba al cuello al equipo y comprometiendo su presencia en el Mundial. Otra vez, la improvisación de la directiva dejaba al técnico sin referentes, entregando a un purista del fútbol a las garras de un plantel apagado y sin garra.

Lejos de encontrar redención inmediata al volver a casa, una vez más, Tottenham mostró su famosa «mandíbula de cristal» y empató 2-2 en un partido dramático contra Brighton & Hove Albion. Fue un encuentro que resumió a la perfección la incapacidad de unos jugadores incapaces de sostener la presión competitiva: Pedro Porro adelantó a los locales a los 39′, y Xavi Simons, erigido como el único faro de creatividad ofensiva del semestre (con dos goles y cinco asistencias), desató la locura colectiva a los 77′. Pero la esperanza en N17 es un bien excesivamente perecedero. Otra vez la ventaja desperdiciada en el tramo final, otra vez el pánico escénico de los defensores, y otra vez el fatídico minuto 95 dictando sentencia mediante el botín de Georginio Rutter para el empate visitante. El técnico entendió rápido que con estos nombres no se puede orquestar una sinfonía brillante; apenas se puede intentar que el ruido no sea del todo ensordecedor.
Ante la falta de arquitectos y artistas, a De Zerbi no le quedó más remedio que guardar el traje, ponerse el casco de obrero y abrazar el pragmatismo puro y duro para detener la vergonzosa hemorragia de 15 partidos consecutivos sin ganar. La resurrección estadística llegó pidiendo la hora, sudando sangre ante rivales que transitaban por sus propias miserias. Primero fue un agónico 1-0 frente al colista Wolverhampton, cortesía de un remate de João Palhinha a los 82 minutos y una atajada verdaderamente milagrosa del joven Antonin Kinsky en el 98′. Luego llegaría un vital 2-1 ante un Aston Villa lleno de rotaciones y con la cabeza en Europa, donde Conor Gallagher (12′) y un sorpresivo Richarlison (25′) liquidaron el pleito temprano. Aún así, el clímax de ambos partidos se cobró los ligamentos de Simons con los de James Maddison, arrebatándole al entrenador italiano a su mejor intérprete y confirmando que este equipo es un rascacielos sin cimientos: tiembla más que un castillo de naipes ante el primer soplido del viento.
Hoy, los fríos números dictan que Tottenham duerme fuera de la zona roja de la tabla, pero celebrar este escape momentáneo sería avalar ciegamente la mediocridad que reina en los despachos de la directiva. Sobrevivir a base de chispazos individuales o gracias al empuje de algunos jugadores no es producto de una planificación deportiva excelsa, sino el instinto de supervivencia de un escudo histórico que se niega a morir, a pesar de sus propios dueños y de unos futbolistas que han arrastrado el prestigio de la camiseta a lo largo del año. Resta ver hasta cuándo durará este oxígeno matemático, porque la cruda realidad que la dirigencia no quiere ver es que Tottenham no se está salvando por haber aprendido a navegar en la tormenta, sino porque, afortunadamente, otros clubes están tragando agua unos segundos más rápido.
El fin del «fútbol lírico» en el norte de Londres

Es aquí donde la figura de Roberto De Zerbi adquiere un tinte de tragedia griega. Catalogado por algunos medios como el mesías del «fútbol de autor», el italiano hoy mendiga zagueros centrales para tapar las goteras de una defensa de papel. Los recientes reportes que vinculan al club con un viejo conocido Andy Robertson y con la posible llegada de Marcos Senesi no hacen más que confirmar que la estética ha muerto en el norte de Londres. De Zerbi ya no quiere la posesión para triangular hasta el área rival de forma categórica; la necesita como un escudo antibalas para que no le apedreen el rancho. Su soñada libreta de jugadas magistrales ha sido reemplazada por un manual de supervivencia básico, dictado por la urgencia de no manchar su propio currículum con la letra ‘C’ de Championship.

Mientras tanto, en los pasillos de Hotspur Way, Johan Lange y Vinai Venkatesham, tan odiados como si de Arsenal se tratase, parecen habitar una dimensión paralela. Inglaterra acaba de asegurar una histórica quinta plaza para la próxima UEFA Champions League tras los resultados europeos; una noticia que, en años anteriores, hubiera desatado el champán en N17. Hoy, esa élite continental es un canal de televisión premium que Tottenham mira desde una esquina del living, con la señal entrecortada y la pantalla en estática. La directiva continúa filtrando a la prensa planes de «reconstrucciones veraniegas» y evaluando vender a figuras emblemáticas con un 50% de descuento, como si desguazar el auto fuera la fórmula secreta para ganar la carrera. Son arquitectos ciegos diseñando el balcón de lujo de un edificio que tiene los cimientos podridos por la desidia.
Y en el epicentro de esta desconexión institucional, asomó una inevitable fractura social. El aficionado ya no compra el humo de las victorias raquíticas, porque sabe que ese 2-1 ante Aston Villa es apenas morfina para una enfermedad crónica, no una cura. Las gradas del estadio más caro del mundo rugen, paradójicamente, anhelando una salvación con gusto a gloria. Tottenham se ha transformado en un ente que castiga a sus devotos, una trituradora de paciencia donde la pasión incondicional es respondida con la mediocridad de un plantel que, a excepción de algunos jugadores, pareciera que deambula por el césped contando los minutos para huir.
Al final del día, la calculadora dictamina que Tottenham aún respira, pero el electrocardiograma futbolístico muestra una línea aterradoramente plana. Festejar la inminente permanencia con esta plantilla frágil y esta directiva negacionista es el equivalente exacto a brindar en la cubierta de un barco que se hunde porque el agua, de momento, solo ha llegado a los tobillos. Roberto De Zerbi podrá haber aplicado un torniquete temporal para frenar la mala racha de los 15 partidos, pero el veneno de la mediocridad sigue circulando por el torrente sanguíneo del club. Zafarse del descenso este 2026 no va a ser ni un antes y un después ni la previa de un resurgimiento; va a ser, lisa y llanamente, un perdón para un club que parece obstinado en recordarnos que el pozo siempre está ahí nomás, a un solo error de distancia.

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