Un Tottenham en crisis apuesta por Roberto De Zerbi como último experimento

6–9 minutos
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Nazareno Rodríguez

La confirmación del italiano como nuevo técnico cierra una etapa marcada por decisiones erráticas en la gestión de Vinai Venkatesham y Johan Lange. Tras el fallido interinato de Igor Tudor y la negativa a avanzar por el posible regreso de Mauricio Pochettino, al entrenador le toca agarrar un equipo a un punto del descenso y con una fractura interna que excede cualquier ajuste táctico.

La estética de De Zerbi frente al «fantasma» de Pochettino

«Él [Roberto] es uno de los directores técnicos más influyentes de los últimos 20 años», dijo 
Pep Guardiola en 2023 después de que Brighton se clasificara para Europa por primera vez en su historia.

La llegada del ex–entrenador de Olympique de Marsella a Hotspur Way no responde solo a una decisión futbolística, sino a una lógica dirigencial que prioriza el modelo por encima del contexto. Mientras una parte significativa de la afición reclamaba el regreso de Mauricio Pochettino como figura de reconstrucción emocional, la estructura de ENIC optó por un entrenador asociado al “fútbol de autor”, respaldándolo con un contrato de largo plazo en medio de una temporada en la que el equipo se mantiene a escasos puntos de la zona de descenso. La elección no es inocente: refleja la influencia de Johan Lange en la configuración de un proyecto que privilegia identidad de juego y proyección teórica, incluso cuando los números —derrotas acumuladas, fragilidad defensiva y pérdida de puntos clave— exigen respuestas inmediatas. En ese cruce, este Tottenham actual parece más preocupado y pretencioso por definir cómo quiere jugar que por sostener la categoría.

Ese desajuste entre idea y realidad ya había condicionado el ciclo de Igor Tudor. Nombrado en un contexto límite, el croata debutó apenas 72 horas antes del derbi ante el Arsenal, que terminó en una derrota 1-4 tan previsible como sintomática. Más que un mal planteo puntual, el partido expuso un problema estructural: un plantel debilitado casi sin incorporaciones en el mercado invernal y plagado de lesiones. La gestión encabezada por Vinai Venkatesham y Lange dejó al equipo sin profundidad en un tramo decisivo de la temporada, obligando al entrenador a competir en inferioridad. Tudor no ordenó el caos: convivió con él. Y en ese contexto, sus resultados —derrotas consecutivas, caída en rendimiento colectivo y pérdida de control en los partidos— fueron más consecuencia de la planificación que de su capacidad.

El derrumbe competitivo

El punto de quiebre llegó en Europa. La eliminación en octavos de final de la UEFA Champions League ante el Atlético de Madrid sintetizó todas las fallas del proyecto. El 2-5 en la ida, condicionado por la ausencia de Guglielmo Vicario, obligó a exponer al joven Antonín Kinský en un escenario para el que no estaba preparado. La victoria 3-2 en Londres resultó irrelevante: el global (5-7) confirmó la eliminación y, sobre todo, evidenció la falta de previsión en una posición crítica. No se trató solo de errores individuales, sino de una cadena de decisiones: gestión médica discutible, ausencia de refuerzos y una planificación que subestimó la exigencia de la competición. La consecuencia fue doble: caída deportiva y pérdida de ingresos clave. En ese sentido, más que un accidente, la Champions funcionó como diagnóstico: este Tottenham no solo compite mal, sino que está mal construido.

La crisis doméstica no se revirtió con el cambio de mando: se profundizó. Las derrotas ante Fulham (1-2) y Crystal Palace (1-3) confirmaron una tendencia que ya no admite matices: Tottenham compite por momentos, pero no sostiene partidos. En ambos encuentros, el equipo compitió en el marcador pero terminó cediendo la ventaja, una constante que expone tanto fragilidad defensiva como deterioro anímico. Más allá del resultado, el dato estructural es otro: el equipo encadenó derrotas consecutivas ante rivales de su misma zona, reduciendo al mínimo su margen sobre el descenso. La reacción del público —abucheos, salidas anticipadas y cánticos contra la dirigencia— no fue un exceso emocional, sino la lectura más honesta del presente. El ciclo de Igor Tudor no ordenó al equipo: lo rigidizó, limitando aún más una capacidad creativa ya condicionada por la falta de variantes.

Tottenham ocupa el puesto 17 en la tabla, a solo un punto de la zona de descenso, y ha sido eliminado de la Champions League, la FA Cup y la Carabao Cup.

En ese contexto, el empate 1-1 ante el Liverpool en Anfield aparece, más que como un mérito, como una anomalía estadística. Tottenham resistió 22 remates del rival y logró sostener el resultado a partir de un bloque bajo sostenido y la eficacia puntual de sus atacantes en transición. El punto tuvo valor en lo inmediato, pero no modificó la tendencia: el equipo renunció al control del juego y se sostuvo en una lógica de supervivencia. Presentarlo como un punto de inflexión implicó, en términos discursivos, sobredimensionar una excepción para evitar discutir el problema de fondo. No fue un renacimiento, fue una pausa.

El cierre del ciclo llegó con la derrota 0-3 ante Nottingham Forest, un resultado que sintetiza la caída del equipo en todos los planos. Tottenham no solo perdió: fue superado en intensidad, en estructura y en convicción ante un rival directo. No hubo reacción, no hubo respuesta desde el banco ni desde el campo. La salida de Tudor, en ese contexto, fue una consecuencia lógica más que una decisión estratégica. A esa altura, el problema ya no era quién dirigía, sino qué equipo quedaba en pie: uno que había pasado, en cuestión de meses, de proyectarse en Europa a sostenerse a duras penas fuera de la zona de descenso.

Un nuevo experimento en marcha

En ese escenario, la llegada de Roberto De Zerbi se produce sobre un vestuario que ha perdido capacidad de protagonismo y que, en muchos tramos de la temporada, se sostuvo más por inercias individuales que por funcionamiento colectivo. El técnico italiano asume con la intención de implantar un modelo de posesión exigente, en contraste con un equipo que, en sus últimas presentaciones, se replegó durante largos pasajes y cedió control incluso ante rivales directos. El desafío no es solo táctico: deberá reconstruir la confianza de un grupo que ha convivido con cambios constantes en el banquillo —más de seis entrenadores en siete años— y que llega condicionado por lesiones, rotación forzada y una planificación que no logró sostener competitividad en el tramo decisivo.

El contexto institucional tampoco ofrece demasiados márgenes. Bajo la gestión de Vinai y la dirección deportiva de Lange, el club ha sostenido discursivamente una línea que prioriza la estabilidad deportiva y la proyección de su modelo, incluso en una temporada en la que los resultados empujaron al equipo hacia la zona baja de la Premier League. La decisión de no avanzar por el regreso de Mauricio Pochettino y apostar por un perfil como el de De Zerbi refuerza, por así decirlo, esa dirección. En paralelo, la respuesta del entorno —con manifestaciones crecientes de descontento en el estadio— marca una distancia cada vez más visible entre la planificación dirigencial y la percepción del hincha.

El margen deportivo es cada vez más estrecho. Con una diferencia mínima respecto a la zona de descenso, Tottenham transita el cierre de temporada con la presión de sostener resultados en un contexto adverso. La eliminación ante el Atlético de Madrid en la UEFA Champions League no solo significó la salida de la principal competencia continental, sino también la pérdida de un sostén económico relevante y la exposición de carencias estructurales ya visibles en la liga. Desde entonces, el equipo ha alternado rendimientos sin continuidad, en una dinámica donde cada partido redefine el escenario inmediato.

En ese marco, el cambio de ciclo abre más interrogantes que certezas. La llegada de De Zerbi introduce una idea clara, pero su viabilidad dependerá de factores que trascienden al entrenador: la respuesta del plantel, la gestión de los recursos disponibles y la capacidad del club para sostener una dirección en medio de la urgencia. Con el margen reducido y la presión en aumento, el tramo final de la temporada deja planteada una incógnita que ya no pasa solo por el estilo o los nombres propios, sino por el rumbo que el club esté en condiciones de sostener cuando los resultados dejen de ofrecer margen de interpretación.

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