Un motín a bordo y un abismo al acecho

3–5 minutos

Los propósitos de enmienda que se suele esperar durante un nuevo año esta vez no fueron exactamente los mejores para el Tottenham de Thomas Frank. La eliminación en la FA Cup ante Aston Villa, sumada a una gestión de mercado desconcertante y un vestuario que parece haberle soltado la mano a su entrenador, ha transformado el estancamiento deportivo en una crisis de gobernabilidad. Con la enfermería colapsada, fichajes de pánico y una fractura emocional total entre la grada y el césped, los Spurs parecen atravesar sus horas más bajas. Inclusive más que las anteriores.

Rey de nada, señor de la tierra quemada

La eliminación en la más añeja de las competiciones del fútbol inglés ante Aston Villa no fue simplemente una derrota deportiva; más bien, fue la radiografía que supone la confirmación de una catástrofe institucional gestada desde hace varios años. Thomas Frank, consciente de que su crédito se agotaba, alineó a su mejor once disponible buscando un salvavidas, pero la respuesta de sus jugadores fue la de un colectivo que ha «hecho el check-out». La imagen del técnico danés intentando impartir instrucciones en la banda mientras sus dirigidos desviaban la mirada o escuchaban a medias es devastadora. Cuando la autoridad táctica se diluye y las miradas acusatorias entre compañeros tras cada gol rival se vuelven moneda corriente, el problema deja de ser futbolístico para convertirse en un conflicto de vestuario. ¿Tiene sentido prolongar la agonía de un entrenador cuando el mensaje ya no llega a los receptores?

La FA ha acusado a Tottenham y a Aston Villa de mala conducta tras su partido de la FA Cup del fin de semana pasado, luego de alegarse de que «ninguno de los clubes se aseguró que sus jugadores no se comportaran de forma violenta o agresiva».

Este desenlace fue precedido por una semana tragicómica en el mercado de traspasos y en la enfermería, exponiendo una improvisación alarmante. La decisión de vender a Brennan Johnson al Crystal Palace por 35 millones de libras se reveló como una temeridad apenas 48 horas después, cuando Mohammed Kudus cayó lesionado en el empate ante Sunderland. Sin Johnson y sin Kudus, el equipo quedó desnudo. Y aquí es imperativo detenerse y señalar al elefante en la habitación: el departamento médico. Con Rodrigo Bentancur fuera por la temporada y Lucas Bergvall sufriendo lesiones musculares sin contacto tras giros extraños, cabe preguntarse qué está sucediendo en Hotspur Way.

En un intento por tapar las vías de agua, la directiva ha reaccionado con la billetera, pero sin una hoja de ruta clara. Primero se cerró el acuerdo por Souza, el lateral izquierdo del Santos, por 15 millones de euros; una apuesta a futuro validada por Fabrizio Romano que llega en medio del incendio presente. Luego, el golpe de efecto: Conor Gallagher. El ex Atlético de Madrid aterriza por casi 35 millones de libras para aportar el liderazgo que falta, heredando irónicamente el dorsal 22 que dejó Johnson. Si bien la llegada del «pitbull» inglés aporta energía, la sensación es la de estar fichando parches de lujo para un sistema que no funciona. ¿Debe un club de la élite europea depender de movimientos reactivos en enero para subsanar los errores de planificación cometidos en verano?

El clima social, mientras tanto, se ha vuelto irrespirable. La derrota previa ante Bournemouth por 3-2 dejó una herida simbólica profunda: la imagen de Frank sosteniendo una taza con el logo del Arsenal. Un detalle menor que, en este contexto de hipersensibilidad, fue interpretado por la grada como la prueba final de la desconexión cultural del técnico con la institución. Los cánticos burlones de la propia afición visitante en el Vitality Stadium y los abucheos tras el empate ante Sunderland evidencian un hartazgo que va más allá de los resultados. La percepción generalizada es la de un club que ha perdido su identidad competitiva, transformando su estadio en una arena gentrificada carente de atmósfera y sumiendo al equipo en una irrelevancia de mitad de tabla.

El empate 1-1 ante Sunderland fue el prólogo de este colapso. Aquella tarde, la cobardía táctica de intentar cerrar un partido ganable con cambios defensivos invitó al desastre, culminando en disputas públicas entre jugadores como Pedro Porro y Micky van de Ven con la tribuna en el partido contra los cherries. Las redes sociales de Cristian Romero, cargadas de mensajes crípticos, no hicieron más que echar gasolina al fuego. Hoy, Tottenham se encuentra fuera de las copas, lejos de Europa y en guerra civil. Se ha gastado dinero en urgencias, se ha vendido talento joven y se ha roto el vínculo sagrado con el hincha. La pregunta ya no es si Thomas Frank sobrevivirá, sino cuánto tardará el Tottenham en recordar qué clase de club quiere ser.

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