Cuando la realidad demuele al discurso

7–11 minutos

El anteúltimo mes del año baja su telón dejando un escenario desolador y una estadística que hierve la sangre de la afición: ya son 105 días sin que Tottenham logre sumar de a tres en su propio estadio por la Premier League, un recuerdo que se remonta a aquella lejana tarde frente a Burnley. Con la última alegría liguera disuelta en la memoria de hace poco más de un mes, la realidad nos golpea hoy con la crudeza de una semana trágica en la que el equipo encajó once goles en tres presentaciones. Este es el repaso de un colapso anunciado, un viaje por siete días de terror que transformaron la paciencia en hartazgo y que nos obligan a preguntar si el proyecto de Thomas Frank, definitivamente, ha comenzado a naufragar.

La caldera del Emirates y un plan que nació muerto

«El refrán de Thomas Frank fue de que se necesita una base defensiva antes de construir su plan táctico general. ¿Qué defensa hubo hoy?» fueron algunas de las reacciones.

Las especulaciones sobre la viabilidad del proyecto de Frank dejaron de ser murmullos de pasillo para convertirse en un clamor popular apenas la realidad de los resultados golpeó la mesa. A pesar de aterrizar en el Emirates con la etiqueta de invictos fuera de casa, esa estadística era un escudo de papel frente a un historial nefasto en territorio Gunner. Frank había teorizado en la previa que «el caos son las transiciones, la presión alta y la pelota parada«, pero su planteo táctico, una línea de cinco timorata y sin ambición, convirtió esa teoría en una sentencia de muerte ante un Arsenal que, líder y voraz, olió el miedo desde el pitazo inicial. El ambiente era una caldera y el Tottenham, que no pateó al arco en todo el primer tiempo, aguantó el asedio hasta que Leandro Trossard, al minuto 36 , derrumbó la estantería y expuso la fragilidad de un plan que nació muerto.

Tras el tanto del belga, los planes de Frank (si es que los hubo) se desmoronaron con la fragilidad de un castillo de naipes, pero la verdadera humillación llegó con nombre y apellido: Eberechi Eze. La ironía del destino, cruel y poética, quiso que el técnico danés, quien días antes había bromeado preguntando «¿Quién es Eze?» con una sonrisa sobradora, terminara tragándose sus palabras viendo cómo el volante marcaba hat-trick lapidario. Fue un baño de realidad satírico para un entrenador que intentó minimizar a una figura rival –luego de los rumores que vinculaban al jugador con los Spurs en el pasado mercado de transferencias– y terminó recibiendo una lección de humildad futbolística en el escenario más doloroso posible; Eze no solo jugó para el Arsenal, sino que se divirtió a costa de un Tottenham que deambuló por la cancha sin rebeldía, exponiendo a Frank ante el escarnio público de su máximo rival y de su propia hinchada.

Lo más doloroso, sin embargo, no es perder, sino la forma en la que se entrega la dignidad. Volvimos a ser testigos de esa incapacidad ofensiva que ya avergonzó contra Chelsea; si aquella vez el xG fue de un paupérrimo 0.05, en el Emirates Tottenham apenas arañó un 0.07, completando un primer tiempo cobarde sin un solo remate al arco, algo inédito pero cada vez más esperable en la historia reciente del club. Es inadmisible, desde cualquier perspectiva, plantear partidos de sumisión absoluta ante tus dos máximos rivales históricos. El golazo de Richarlison, una vaselina espectacular desde 35 metros, quedó como una joya solitaria en medio del basurero, un consuelo banal para una afición que, harta de ver a un equipo sin ideas, abandonó la tribuna visitante mucho antes del pitazo final.

Luces, sombras y nueve goles en 72 horas

El viaje a París prometía ser una misión suicida frente a un PSG sediento de sangre, obsesionado con cobrarse revancha en los noventa minutos después de aquella Supercopa que a Tottenham le arrebató en agosto. Y lo que se vivió en el Parque de los Príncipes fue un auténtico delirio, una hipérbole futbolística que terminó en un estrambótico 5-3. La gran noticia, celebrada casi como un título por la afición, fue que Frank finalmente se dignó a romper el matrimonio tóxico de Palhinha y Bentancur en el medio, apostando por la frescura de Archie Gray y Lucas Bergvall, quienes inyectaron una energía vital que el equipo había olvidado. Randal Kolo Muani, cumpliendo con la inexorable «ley del ex» ante el club dueño de su ficha, se despachó con un doblete y una asistencia , ilusionando a todos al poner a los Spurs dos veces arriba en el marcador. Parecía, por un momento fugaz, que el equipo recuperaba la memoria ofensiva que tanto se le reclamaba.

Emerge el campeón ante el Tottenham Hotspur - D10 | Noticias del deporte de  Paraguay y el mundo, las 24 horas.
Pese a las lesiones y el bajo rendimiento, el equipo de Luis Enrique mostró arrestos y personalidad suficientes para ganar.

Sin embargo, la ilusión se desmoronó como un castillo de arena ante una defensa de papel maché. La actuación de Cristian Romero, quien regaló un penal absurdo y lideró la cadena de errores , junto a la complicidad de Pape Sarr y un Vicario dubitativo, allanaron el camino para que Vitinha (con un hat-trick), Willian Pacho y Fabián Ruiz dieran vuelta la historia. Es paupérrimo, casi obsceno, que un equipo con pretensiones conceda nueve goles en menos de 72 horas entre Londres y París. Frank alguna vez filosofó que «si no tomás riesgos, también estás tomando riesgos«, y vaya si los tomó: mientras el entrenador continúa buscando la «fórmula ofensiva» que prometió desarrollar día a día, la realidad es que esa búsqueda, que sigue sin ser clara, reveló una alarmante fragilidad del equipo en las transiciones. Estas mismas situaciones de «caos» que él aseguraba dominar se convirtieron en la ruina del equipo en una semana para el olvido.

Fulham y la lápida de las promesas rotas

El encuentro ante Fulham debía ser la piedra fundacional de la recuperación, pero terminó siendo la lápida de aquellas promesas de «construir algo duradero» que Frank recitó en la previa. Tottenham recibía a un rival que apenas sumaba un punto de visitante, el peor registro de la liga, y la realidad los abofeteó con una crueldad inaudita: en seis minutos ya perdía 2-0, cortesía de un desvío desafortunado y de un error garrafal de Vicario que regaló el segundo gol con un despeje amateur hacia el centro. Aquella narrativa que sostuvimos al comienzo sobre Frank como un «optimizador» que traería orden y equilibrio pareciera, unos meses después, desmoronarse pedazo a pedazo; no hay base sólida posible cuando tu arquero y tu defensa regalan goles con una generosidad insólita, encajando once tantos en una semana trágica. La supuesta «construcción» hoy parece una demolición controlada desde adentro, donde la urgencia de «ganar mañana» se convirtió en una eterna pesadilla en el presente.

Si alguna vez hubo elogios hacia la resiliencia y capacidad de reacción de este equipo, hoy esa virtud es un recuerdo borroso y lejano. Aunque Mohammed Kudus regaló una pintura al ángulo para el descuento, su golazo no logra tapar el bosque: el ghanés, a pesar de su talento, a veces se diluye en la anarquía de un sistema que confundió a los propios jugadores, con un esquema asimétrico sin extremos que dejó a Udogie expuesto y a Palhinha buscando respuestas en el banco. No se trata solo de errores puntuales; es la repetición sistemática de fallos conceptuales y de actitud vistos ante Arsenal y PSG. La reacción llegó tarde, mal y envuelta en abucheos, confirmando que esa «optimización» defensiva hoy es una utopía y que la falta de un plan B nos ha dejado vulnerables, previsibles y, lo que es peor, perdidos en nuestro propio estadio.

Cuando el vestuario se rompe y la grada dicta sentencia

El final de la noche en el Tottenham Hotspur Stadium no fue más que el triste epílogo de aquella estadística que mencionamos al comienzo: un equipo que no gana en casa hace 105 días termina, inevitablemente, rompiéndose por dentro. La fractura quedó expuesta en una imagen bochornosa tras el pitazo final: mientras el juvenil Lucas Bergvall intentaba aplaudir a la grada en un gesto de madurez, Pedro Porro le gritaba enfurecido antes de huir hacia el túnel, una escena que desnuda la tensión de un vestuario al límite. Irónicamente, reportes recientes de The Telegraph indican que la plantilla ha adoptado la convención de reunirse en el círculo central para salir juntos del campo como muestra de solidaridad ante la hostilidad del estadio; sin embargo, esa unidad fabricada se desvanece cuando la frustración individual, como la del lateral español, supera al guion preestablecido. Los abucheos que despidieron al equipo no fueron solo ruido de fondo, sino el veredicto unánime de una paciencia que se ha agotado.

Solo el Burnley en 9 partidos ha registrado menos de 1.00 en goles esperados (xG) en un partido de la Premier League más veces que el Tottenham (8) en lo que va de la temporada.

Esta grieta profunda entre la grada y el césped no nace solamente de un mal resultado, sino de una herida mucho más vieja: la sensación de que el aficionado fue tratado durante años como un cliente al que se le puede cobrar precios ridículos por un producto defectuoso. Estamos camino a establecer un récord histórico de derrotas en casa en un año calendario, y sin embargo, se paga más que nunca por ver este espectáculo decadente. Si la «nueva» jerarquía del club realmente quiere generar un impacto, debería empezar por entender que la lealtad no se factura, se cultiva. Thomas Frank se está quedando desfasado en el tiempo y sin argumentos; despedirlo —como claman cientos de aficionados— quizás no borre de un plumazo los problemas estructurales ni baje el precio de los abonos, pero la continuidad de Frank se vuelve indefendible no solo por los once goles encajados, sino por la insolvencia de su pizarra. Existe un riesgo serio, palpable, de estancamiento. El barco se hunde lentamente y, si no se hallan soluciones, lo que prometía ser una era dorada post-título europeo podría terminar disolviéndose en una miseria.

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