Arranca noviembre y el calendario, ese tirano que no perdona, empieza a apretar. La temporada, que ya dejó atrás su primera fase, eleva los estándares y mirar la tabla de posiciones ya no es un ejercicio de especulación, sino una necesidad. Con diez jornadas de liga en el lomo, cuatro de Champions y las copas domésticas en marcha, la hora de la verdad ha llegado. Como ya es costumbre, nos sumergimos en la crónica de estas últimas semanas, un viaje que define el carácter de este nuevo Tottenham.
El manifiesto de un noviembre apretado

Esta montaña rusa de sensaciones comenzó en un escenario inédito: el Hill Dickinson Stadium. La visita a Merseyside para enfrentar al Everton, en su flamante nueva casa, llegaba en un momento de tensión absoluta. Después de las últimas exhibiciones, estaba claro que el equipo necesitaba un electroshock. Hacían falta cambios, no solo de nombres —muchos de ellos forzados por un hospital de campaña que no para de sumar pacientes—, sino de actitud. La tribuna exigía que Thomas Frank demostrara tener un plan B más allá de ese pragmatismo que ya empezaba a asfixiar.
Un bautismo de fuego y una redención en el diluvio
Y vaya si hubo respuesta. Bajo una lluvia torrencial, de esas que solo el Reino Unido sabe ofrecer, Tottenham profanó el nuevo estadio del Everton. Fue un 3-0 convincente y pionero, marcando la primera derrota de los Toffees en su nuevo hogar. El héroe de la tarde fue un holandés volador: Micky van de Ven. El central no solo fue una muralla junto a Kevin Danso, sino que se vistió de ‘9’ para clavar dos goles de córner. Pape Sarr, sobre el final, sentenció un partido que, pese al resultado, tuvo sus momentos de zozobra.
Porque si Van de Ven fue el martillo, Guglielmo Vicario fue el escudo. El italiano firmó una actuación formidable, crucial para sellar la valla invicta. Se redimió de todas las críticas con atajadas soberbias, incluyendo una chilena espectacular de Beto que tenía destino de gol. Es que la memoria del hincha es selectiva; muchos, envalentonados por sus errores en los goles de Wolves y Leeds, parecían olvidar que este mismo arquero fue un pilar en la conquista de la Europa League. Su liderazgo es un activo que hoy, simplemente, no tiene reemplazo.
La adicción al balón parado: ¿Bendición o maldición?

A pesar de la goleada, la procesión va por dentro. El propio Frank reconoció que al equipo le falta fútbol, que el ataque sigue siendo una materia pendiente. Y aquí es donde la crítica vuelve a afilarse: la victoria se construyó, otra vez, gracias al laboratorio de Andreas Georgson. El balón parado es un factor clave, sí, pero el desafío es que no se convierta en una obsesión. La falta de un plan B es el fantasma que persigue a este club, y ya sabemos de memoria cómo termina esa película.
La pelota parada, ese recurso tan valioso que sirvió para conquistar Merseyside, duró exactamente eso: un partido. El problema de depender exclusivamente de la pizarra de Georgson para destrabar partidos quedó brutalmente expuesto en la visita a St James’ Park. Viajar a Newcastle, un estadio que es, por antonomasia, un cementerio para las ambiciones del Tottenham; rara vez augura algo bueno, pero la derrota por 2-0 en la Carabao Cup fue un cachetazo de realidad. La victoria de los actuales campeones, con goles de Fabian Schar y Nick Woltemade, no fue una sorpresa; fue la crónica de una eliminación anunciada.
El partido tuvo las dos caras de este equipo: la especulación inicial y la desesperación tardía. El gol de Schar cayó, como no podía ser de otra manera, como un baldazo de agua fría, obligando al equipo a buscar un empate que, simple y sencillamente, no sabía cómo generar. A pesar de los intentos y los cambios, el segundo gol de Woltemade sentenció la noche. Tottenham se volvió a Londres eliminado y con las manos vacías, dejando la sensación de que, sin la pelota quieta, este equipo es un gigante con pies de barro.
El paciente se queda sin paciencia
No nos engañemos, esto ya lo hemos visto. Y aquí es donde la crítica apunta, con una precisión quirúrgica, al banco de suplentes. A Thomas Frank se le está agotando el crédito de la paciencia. Su «encapricho» con la dupla Palhinha-Bentancur en el mediocampo, un tándem que en lugar de controlar, ahoga la creatividad, ya agotó a la afición. A esto se suma el nivel alarmantemente bajo de un ataque que no genera peligro, que no desequilibra y que parece jugar con el freno de mano puesto.
Y como siempre ocurre cuando el sistema falla, la tribuna busca fusibles. Hoy, el más apuntado es Xavi Simons. El neerlandés carga con la mochila de plomo de su precio y la tarea imposible de reemplazar, él solo, la creatividad de los lesionados Maddison y Kulusevski. Sus «destellos» intermitentes no alcanzan, y su bajo nivel se suma al de un Richarlison y un Brennan Johnson que arrastran una racha negativa. La absoluta incapacidad para crear una sola jugada de gol sin un córner o un tiro libre fue el verdadero desencadenante de esta nueva (y evitable) derrota.
La nulidad histórica y el ruido del vestuario

La derrota por 1-0 ante el Chelsea no fue solo una derrota; fue un papelón histórico, una de esas tardes que hierven la sangre. El Tottenham Hotspur Stadium, ese lugar que debería ser una fortaleza inexpugnable, se ha convertido en un paseo de cortesía donde los rivales, como Pedro por su casa, vienen a servirse los tres puntos. El equipo de Frank perpetró una nulidad ofensiva insultante, registrando un xG de 0.05. Para ponerlo en criollo: no hubo casi remates al arco. Un registro que es, simple y lamentablemente, el más bajo del club desde la temporada 2012-13.
Lo que prometía ser un duelo táctico entre Frank y Maresca, se rompió por el eslabón más débil: la defensa. Un error grosero en la salida entre Micky van de Ven y Djed Spence le sirvió el gol en bandeja a João Pedro. Pero la imagen que congela la crisis no fue el gol, sino la postal del final: ambos defensores, en un gesto de indisimulable hartazgo, yéndose directo al vestuario sin saludar al técnico. Una imagen de tensión que grafica el momento mucho mejor que cualquier estadística.
Bálsamo europeo y un gol de otro planeta
Por suerte, la Champions League ofreció un bálsamo. En la semana, ante Copenhague, el equipo estaba obligado, no sólo a jugar bien, sino a ganar para calmar las aguas. Y a pesar de un plantel diezmado —con Romero recién recuperado y Kudus descartado—, el equipo esta vez sí estuvo a la altura del escudo y venció categóricamente a los daneses. La noche, sin embargo, dejó postales contradictorias: Brennan Johnson abrió el marcador (asistido por un buen Xavi Simons) para luego irse infantilmente expulsado, resumiendo en una jugada su inconsistente presente.

Pero las grandes noticias fueron los regresos y las apariciones. Randal Kolo Muani, asistiendo a Odobert en el segundo gol, mostró chispazos de un repertorio diferente al de un Richarlison en horas bajas. Y, fundamentalmente, volvió Destiny Udogie. El tano es el equilibrio que el equipo extrañaba: sus 12 sprints y el 100% de duelos terrestres ganados demuestran que, sin él, el equipo juega rengo. Sin embargo, el mundo se detuvo por un instante. Micky van de Ven, quizás en un acto de expiación por su error ante Chelsea, se disfrazó de Heung-min Son ante Burnley, tomó la lanza desde su propia área, y se inventó una corrida memorable que terminó en el fondo de la red. Un gol de otro partido. Un gol de otro planeta. ¿Qué más se le puede pedir?
La goleada ante el Copenhague la cerró João Palhinha, asistido por el Cuti Romero reconvertido en ‘9’, en una postal que resume la locura y la necesidad de este equipo. Más allá del 4-0, el triunfo sirvió para extender a 22 partidos el invicto europeo en casa, una racha que se mantiene desde aquella lejana noche contra el Maccabi Haifa. Había que resetear el contador anímico después de las cachetadas de Newcastle y Chelsea. Este parecía el punto de partida, una frágil tregua antes de la batalla real: un Manchester United que traía ecos de la final europea.
En casa ante un viejo conocido
La undécima fecha traía un partidazo con aires de revancha para la visita. El rival, el mismo de la final en España, llegaba con los mismos puntos. Era un duelo para medir carácter. Sin embargo, la apuesta de Frank fue atrevida: Sarr por Bentancur fue la única variante. El partido, al principio, pareció dominado por los Spurs, que tuvieron la apertura en los pies de Richarlison, pero el brasileño, en una definición que ya es otro triste sello de su presente, la desvió con el hombro. Y en el fútbol, el que perdona, paga. Minutos después, Amad Diallo centró y Mbeumo, anticipando a Porro, silenció el estadio.
El gol visitante nació, otra vez, de un error no forzado en la salida—un pase descuidado de Sarr—, un patrón que, al igual que los lesionados en noviembre, es alarmantemente familiar. Tras el descanso, Frank movió el banco. El ingreso de Odobert fue clave: primero asistió al Cuti Romero en un taco salvado milagrosamente por Lammens; luego, se combinó con Udogie para que Mathys Tel, por fin, marcara el empate. El estadio se encendió. Cuando Sesko se lesionó y dejó al United con 10, la remontada era un hecho. Y llegó: centro de Odobert, cabezazo de Richarlison. 2-1 en tiempo añadido. Éxtasis.

Pero este equipo, al parecer, tiene una vocación de mártir. La euforia duró exactamente dos minutos. En la última jugada, un córner de Fernandes encontró la cabeza de De Ligt, quien le ganó la posición a Bentancur y fusiló a un Vicario estático. 2-2. El silbatazo final fue un funeral. Un empate que se sintió, en todos los rincones del estadio, como una derrota humillante, no por el rival, sino por la estupidez propia.
Y así, la montaña rusa de noviembre nos deja exactamente donde empezamos: en un limbo de frustración. Cuando la pelota parada no te salva, cuando los milagros de Vicario no alcanzan, y cuando los goles agónicos se borran con errores infantiles en la jugada siguiente, ¿qué es lo que queda? ¿Es esto «la adaptación» a un técnico nuevo, o es la crónica de un equipo que, habiendo tocado la gloria europea, ha olvidado cómo se ganan los partidos que importan? El pragmatismo no puede ser una excusa para la desidia. El hincha banca, pero ya no es ciego.

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