Primeros pasos en falso: El proyecto de Thomas Frank se agrieta

7–10 minutos

El mes pasado dejó un reguero de sensaciones encontradas. Un empate agónico en casa contra un rival de la parte baja de la tabla, otra igualdad con sabor a poco en la fría noche noruega por la Champions League y una victoria trabajada en Elland Road sirvieron como un precario analgésico antes del parate por la fecha FIFA. Sin embargo, la vuelta a la competición descubrió de la manera más cruda aquellas falencias que el equipo venía insinuando, confirmando que las soluciones de fondo todavía no han llegado. Esta es la crónica de unas semanas que prometían consolidación y terminaron sembrando un mar de dudas.

La adicción a la pelota parada y el fantasma de la inoperancia

De comienzo inestable, Xavi Simons «jamás terminó de meterse en partido frente a Wolves».

Desde 2022 que el Tottenham no podía vencer a los Wolves en casa. Aquella vez, la victoria llegó por la mínima con un gol del de siempre, Harry Kane, tras un córner. ¿Por qué traer a colación este recuerdo? Porque en el fútbol, como en la vida, los patrones importan. La pelota parada, aquel recurso tan bastardeado por los cultores del lirismo, se había convertido en la única apuesta rentable del equipo de Thomas Frank, una tabla de salvación a la que el equipo se aferraba con una dependencia casi adictiva. El problema es que, cuando la pizarra no funciona, el equipo se desvanece en una alarmante inoperancia ofensiva.

Hay una verdad incómoda que empieza a susurrarse en las tribunas y a gritarse en las redes sociales: si la llave del gol no llega desde un córner o un pelotazo frontal, el equipo se pierde en un laberinto sin salida contra cualquier defensa medianamente bien plantada. Es un fantasma que persigue al club, un eco de las épocas de Mourinho, Nuno y Conte, entrenadores que también padecieron de esta parálisis creativa hasta cierto punto. La pregunta, entonces, resuena con una vigencia brutal: ¿hasta qué punto se puede vender el pragmatismo como la solución, cuando en realidad parece ser el origen del mismo problema?

Aquella noche contra los Wolves fue el retrato perfecto de esta impotencia. Un monólogo de tenencia improductiva, un espejismo de control que jamás se tradujo en peligro real. El gol de Santiago Bueno, tras un rebote de Vicario, no fue un accidente, sino el castigo lógico para un equipo que había renunciado a atacar. Y cuando la derrota parecía un veredicto sellado, apareció João Palhinha para, ironías del destino, clavar un bombazo agónico y rescatar un punto que, a decir verdad, el equipo no merecía en lo más mínimo.

El desconcertante optimismo de Thomas Frank tras el empate ante Wolves, calificando la actuación de «buena», no hizo más que sembrar dudas en una afición que empezaba a percibir una alarmante rebaja en los estándares. Aquella complacencia se puso a prueba pocos días después, en la gélida noche de Noruega, donde esperaba el Bodø/Glimt por la Champions League. El escenario era distinto, pero el objetivo, idéntico: disipar las dudas con una victoria contundente. Un objetivo que, una vez más, quedaría a mitad de camino.

Richarlison acumula tres goles y una asistencia en lo que transcurre de campaña.

El partido en tierras nórdicas fue un cachetazo de realidad. Un doblete de Jens Petter Hauge en apenas quince minutos desnudó una fragilidad defensiva y una falta de control en el mediocampo casi calcadas a las sufridas contra los Wolves. El equipo, superado y sin respuestas colectivas, se encaminaba a un naufragio hasta que la fortuna, esa aliada inesperada, apareció en forma de un gol de Micky van de Ven y un tanto en contra de Gundersen. El punto rescatado sobre el final fue un espejismo; Tottenham volvía invicto, sí, pero con la agria certeza de que depender de milagros y arrestos individuales es un modelo de juego con fecha de vencimiento.

La terquedad táctica y el veredicto de Elland Road

Lo preocupante, sin embargo, no fue solo el rendimiento, sino la aparente falta de autocrítica en el planteo. Acostumbrados a la terquedad de Ange Postecoglou, se esperaba que Thomas Frank mostrara mayor flexibilidad, pero el equipo que saltó a Elland Road fue casi una réplica del que había sufrido ante los Wolves. La insistencia en el doble pivote conformado por Palhinha y Bentancur, que había demostrado ser previsible, generó serias dudas sobre la capacidad del técnico para corregir sobre la marcha.

Premier League: Thomas Frank reacts to 'carnage' during Spurs victory over  Leeds
Thomas Frank perdió un encuentro, empató dos y ganó el restante frente a Leeds United en ediciones previas de la Premier League.

A pesar de los problemas en el juego, el equipo logró un triunfo de carácter que cortó la racha de 23 partidos invictos del Leeds United en su propio estadio. Mathys Tel abrió el marcador para los Spurs y, aunque Noah Okafor igualó para los locales, apareció la figura de Mohammed Kudus para sentenciar la victoria. El ghanés se consolidó como el jugador más influyente del ataque, acumulando para la séptima jornada un total de cinco participaciones de gol (un gol y cuatro asistencias) en la Premier League, una cifra superada únicamente por Erling Haaland y Antoine Semenyo, ambos con nueve hasta la séptima jornada.

Aquel triunfo en Elland Road, tan sufrido como necesario, mandó al equipo al parate internacional con un alivio momentáneo. La victoria sirvió para maquillar las dudas, ofreciendo una leve sensación de calma y tiempo para reajustar piezas. Sin embargo, mientras el césped descansaba, los despachos ardían con el regreso de un fantasma del pasado reciente: Fabio Paratici. Tras un acuerdo de culpabilidad que suspendió su condena en la justicia ordinaria italiana, el ex director deportivo vuelve a la ópera para colaborar con Johan Lange en la reestructuración del club.

Y como si el retorno del arquitecto de un ciclo anterior no fuera suficiente para alimentar el debate, la junta directiva sumó una nueva y curiosa pieza a su tablero. Eric Hinson, un ex ejecutivo de la industria aeroespacial, fue nombrado Director no ejecutivo, uniéndose a una cúpula que se autoproclama «renovada y modernizada» tras la salida de Daniel Levy. Movimientos que, desde la tribuna, generan más interrogantes que certezas: ¿son estos los cimientos de una nueva era o simplemente un reacomodo de sillas en la misma vieja estructura?

El parate por la fecha FIFA, ese oasis en medio del desierto, prometía ser un punto de inflexión. Sin embargo, la vuelta a la realidad fue un cachetazo brutal. Durante veinte minutos, el equipo ofreció un espejismo de dominio ante un Aston Villa en racha, con un gol de Bentancur y otro de Kudus anulado que parecían encaminar una victoria balsámica. Pero un zapatazo de Morgan Rogers desde fuera del área hizo añicos el libreto, empató el partido y destapó la caja de Pandora de los viejos vicios, aquellos problemas estructurales que el equipo, simplemente, se mostró incapaz de resolver.

Y la factura por esa inoperancia llegó en el segundo tiempo. La incapacidad crónica para capitalizar los momentos de superioridad y la alarmante vulnerabilidad en cada transición defensiva le costaron carísimo a Tottenham. La estocada final de Emiliano Buendía no fue una sorpresa, sino el veredicto lógico para un equipo que repitió los mismos errores que contra Wolverhampton y Bodø/Glimt. Esta vez, sin embargo, no hubo milagros ni rescates agónicos. Solo el frío y contundente peso de una derrota que duele, sobre todo, por previsible.

Un héroe bajo los tres palos y una nueva crisis de lesionados

Tottenham 1-2 Aston Villa: sub-par Spurs fall at home to Villains |  Cartilage Free Captain
Emiliano Buendía convirtió el 1-2 a los 77 minutos del segundo tiempo.

Aquel espejismo de dominio ante el Aston Villa se desvaneció por completo en la noche del Principado, donde el equipo ofreció un verdadero papelón futbolístico. El empate sin goles ante el Mónaco no fue un punto ganado, fue un milagro obrado por un solo hombre: Guglielmo Vicario. Mientras sus compañeros de campo deambulaban por el resto del terreno de juego, el arquero italiano se erigió en una muralla inexpugnable, tapando hasta ocho remates con destino de red y soportando un vendaval de 23 tiros en contra. La actuación del equipo fue una nulidad ofensiva, un reflejo de esa desoladora sentencia que ya se lee entre los hinchas: «Nuestro ataque es inexistente, no hay ni uno que esté a la altura«.

El alivio por el punto robado en Mónaco, sin embargo, se evapora al mirar el parte médico, que se asemeja más al de un hospital de campaña que al de un equipo de élite. La previa del viaje a Everton se presenta como una prueba de supervivencia, con una enfermería que amenaza con albergar a diez jugadores del primer equipo. A las bajas ya conocidas de los creativos Maddison y Kulusevski, se suman las dudas sobre los pilares defensivos como Romero y Udogie. Con este desolador panorama, la pregunta que se hace el hincha es inevitable: ¿con qué conejo saldrá de la galera Thomas Frank para armar un equipo competitivo en Merseyside?

De esta manera, se cierra el telón de un octubre que cambió las certezas por un mar de interrogantes, abriendo un debate que ya no admite más demoras frente al inconfundible sabor a la involución. ¿Hasta cuándo se puede vivir de la promesa de un futuro en el que los nuevos se adapten y los lesionados regresen, mientras el presente exige puntos que después se lamentarán? Si este proyecto se erige sobre los cimientos de un campeón europeo, ¿es justo pedirle a la tribuna una paciencia propia de una reconstrucción desde cero? Porque lo verdaderamente alarmante no son las derrotas ante un Aston Villa diezmado o la pálida imagen en Mónaco, sino la terca repetición de errores que ya costaron puntos. El calendario no espera, y la visita a Everton se presenta ya no como un partido más, sino como un plebiscito para un equipo que necesita demostrar, con urgencia, que no ha olvidado cómo se gana.

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