Un último acto de la función

El final de la temporada 2024/25 dejó un enjambre de preguntas revoloteando sobre el Norte de Londres. Las palabras esperanzadoras del entonces entrenador Ange Postecoglou, pronunciadas en aquel escenario montado tras la noche de gloria en Bilbao, no lograban contrastar con la cruda realidad de la campaña en Premier League, y menos aún con la derrota final ante Brighton. La incertidumbre sobre si este había sido el golpe de realidad necesario para despertar al grupo ENIC sumió a la afición en un laberinto. La salida parecía cercana, pero el camino era incierto.
—¡La tercera temporada en las series de televisión suele ser mejor que la segunda!— exclamaba un Ange eufórico. Impulsivo pero consciente, apaciguaba las aguas y prometía la continuación del show. Mientras, la afición debatía. Un sector, ya hastiado por el decimoséptimo puesto en la tabla y las eliminaciones tempranas en las copas, clamaba por el fin de un ciclo. La intolerancia hacia un técnico que «muere con sus ideas» había generado una profunda apatía. Del otro lado, había quienes, conociendo la larga lista de proyectos inconclusos bajo el mandato de Daniel Levy, insistían en darle tiempo y herramientas al único hombre que, en diecisiete años, había levantado un trofeo europeo.
«Quiero agradecer sinceramente a quienes son el alma del club, la afición. Sé que hubo momentos difíciles, pero siempre sentí que querían que triunfara y eso me dio toda la motivación necesaria para seguir adelante. Es importante reconocer a la gente de Tottenham que me animó a diario a seguir»
Estaremos siempre conectados. Audere est Facere. Ange.
La temporada, en definitiva, se sintió como una tragicomedia: sus espectadores se asustaron y rieron, a veces en el mismo partido. Pero fue Daniel Levy quien escribió el giro final del guion. Días después de la consagración, sentenció que ganar la Europa League «no era suficiente» y que el objetivo debía ser «competir en los cuatro frentes, todas las temporadas«. El mensaje era inequívoco. Mientras algunos siguen mirando con melancolía las fotos de San Mamés, otros, convencidos por el sucesor del protagonista, decidieron darle una oportunidad a la nueva serie. Un actor danés, de antepasado cercano en el Oeste de Londres, aparecería para tomar las riendas de un Tottenham nuevamente errático.
La paradoja del heredero del trono
Thomas Frank se ha ganado el respeto de propios y extraños. Su Brentford fue la antítesis de los «clubes ascensor«, consolidando un proyecto en la élite gracias a una gestión inteligente y sostenible, un mérito subrayado por la estadística: un 47.2% de los equipos promovidos descienden en su primer año. Sin embargo, su nombramiento en un club presidido por Daniel Levy —un hombre que acababa de despedir a un técnico campeón— olía a paradoja. Frank, con una ironía sutil, pareció reconocerlo: «Nunca antes me habían despedido, esa es una de las razones por las que acepté el trabajo. Para tener un poco más de riesgo en mi vida diaria«.
En su primera aparición pública, el danés eligió la diplomacia. Rindió tributo a su predecesor con firmeza —»Ange será por siempre una leyenda […] todos nos paramos sobre los hombros de otros«— y se presentó no como un revolucionario, sino como un planificador a largo plazo. Prometió transformar al equipo en un club de «ganadores en serie«, pero con un matiz clave: su propuesta no era renunciar al riesgo, sino saber cuándo tomarlo, buscando construir un «equipo redondo«. La pregunta que sobrevolaba Hotspur Way era inevitable: sabiendo que la directiva no titubea para tomar decisiones drásticas, ¿qué garantías existían de que este proyecto no correría la misma suerte?
La llegada de Frank no fue una casualidad, sino la consecuencia de su aplaudible trabajo en Brentford, donde demostró una vasta inteligencia emocional y una filosofía clara. «Si querés lograr algo grande, tenés que ir acompañado«, sentenció, subrayando la necesidad del apoyo dirigencial. No se presentó como un genio que concede deseos, sino como un especialista en «maximizar el potencial» para que sus equipos puedan «competir» antes de poder «ganar algo«. La cuestión era si el ecosistema Levy, históricamente impaciente, estaba preparado para un constructor en lugar de un ilusionista.

Los primeros indicios de un nuevo paradigma
La pretemporada es, a menudo, un espejismo. Pero en el Tottenham de Frank, se convirtió en una declaración de principios. Los primeros amistosos contra rivales de divisiones inferiores —una victoria 2-0 ante Reading y empates contra Wycombe y Luton— sirvieron como un laboratorio a cielo abierto. El veredicto inicial fue claro: la presión asfixiante de la era Postecoglou había sido reemplazada por una solidez estructural y transiciones rápidas. Días después, en Hong Kong, llegó la primera validación para el hincha: una victoria por la mínima ante el Arsenal, con un gol antológico de un Pape Sarr estelar.
El pragmatismo y el orden táctico siguieron siendo protagonistas en el empate a uno frente a Newcastle, un encuentro marcado por el emotivo adiós de Heung-min Son, el punto final de una era. Sin embargo, la gira concluiría con un duro baño de realidad: un 4-0 en contra frente al Bayern Múnich. La derrota expuso no solo la ausencia de Sonny, sino también la de los lesionados Dejan Kulusevski y James Maddison, cuya mala fortuna con los ligamentos dejaba al descubierto la fragilidad creativa del plantel. Fue en este contexto de reconstrucción obligada que la directiva anunció la renovación y posterior designación de Cristian Romero como nuevo capitán, un traspaso de liderazgo que simbolizaba el inicio formal de una nueva identidad para el equipo.

Una realidad efímera para los deseos de gloria

Agosto arrancó con una competición atípica: la Supercopa de la UEFA en Udine. El rival, un PSG herido, parecía una oportunidad ideal. Y por 85 minutos, lo fue. La solidez del esquema de Frank incapacitó al conjunto parisino, y los goles de Micky Van de Ven y Cristian Romero parecían sentenciar la historia. Sin embargo, el «fondo de armario» del PSG igualó el marcador, llevando la definición a una tanda de penales donde los fallos de Van de Ven y Mathys Tel le dieron el título a los franceses. La derrota dolió, pero sirvió como un llamado de atención a la directiva sobre la necesidad de recambios.
La respuesta llegó en la Premier. En el debut, un 3-0 a Burnley, los nuevos fichajes dieron sus frutos: dos asistencias de un Kudus desequilibrante para un Richarlison redimido, autor de un golazo de tijera. La historia la cerró Brennan Johnson, asistido por un Sarr ya consolidado como pieza clave. Días después, el barco de Frank zarpó al Etihad y volvió con un tesoro: una victoria por 0-2 ante Manchester City, con goles de Johnson y un imperial João Palhinha. El pragmatismo vencía al local, y Tottenham sumaba 6 de 6. Parecía el inicio de un ciclo virtuoso.
Pero la irregularidad, ese viejo fantasma, reapareció en casa. Una derrota inesperada por 0-1 ante el Bournemouth de Andoni Iraola desnudó las falencias del equipo. Un solo disparo a puerta en todo el partido, una alarmante incapacidad para superar la presión alta del rival y una alarmante falta de creatividad sin Maddison y Kulusevski. El sistema de presión asimétrica de Iraola desarticuló por completo el planteo de Frank, cuyo once titular —el mismo que había vencido al City— fue el foco de algunas críticas. La derrota no fue solo un duelo táctico perdido; fue la evidencia de que depender de la vuelta de los lesionados se estaba volviendo un costo demasiado alto.
Un legado marcado por la frustración y la reacción
Mientras esto ocurría en la cancha, la saga final de la era Levy se desarrollaba en las oficinas. Las novelas por Savinho y Eberechi Eze terminaron con un final fatídico: ambos jugadores, objetivos prioritarios, fueron «arrebatados» por Manchester City y Arsenal, respectivamente. La lentitud en las negociaciones, un patrón reconocible en la gestión de Levy, provocó la ira de la afición. La pregunta era un eco del pasado: ¿cómo se pretendía competir en todos los frentes sin las herramientas solicitadas por el entrenador? Era un escenario demasiado conocido.
La respuesta, afortunadamente, llegó sobre la bocina. Xavi Simons se incorporó por 60 millones de euros para añadir la creatividad ausente, y Randal Kolo Muani llegó cedido desde PSG para aportar versatilidad al ataque. En cuanto a las salidas, la ineficiencia volvió a ser protagonista: el pase caído de Yves Bissouma, apartado por Frank pero sin destino, fue otro recordatorio de las dificultades del club para gestionar su plantel. Era el cierre de mercado que definía un legado: frustración, seguida de una reacción costosa y apresurada.
Un futuro, ¿incierto?

El mes se cerró con los sorteos de la EFL Cup y una Champions League que deparó un grupo de alta exigencia. Con el anuncio de la salida de Daniel Levy, el club se asoma a un futuro incierto. La continuidad de un entrenador con un proyecto a largo plazo, la irregularidad de un plantel talentoso pero dependiente, y la incógnita sobre la nueva estructura administrativa son los interrogantes con los que los hinchas deberán convivir. Por lo pronto, septiembre acecha y el calendario, como siempre, no da tregua.












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